Volvemos a entrar en un periodo de incertidumbre con Iván. En 2025, cuando cumpla 18 años, tiene que dejar la residencia donde vive, porque este lugar es para menores. La vida vuelve a ponerme en una situación en la que me ofrece la oportunidad de confiar en ella.

Todos los comentarios que me llegan de trabajadores sociales que se mueven en el sector hacen referencia a lo difícil que son las circunstancias que rodean este caso. El último comentario fue: “la verdad es que es una situación dramática”. Me sentó mal, pero también me sorprendió por una razón muy sencilla: yo ya confío en la vida. Es verdad que no me gustó escuchar esas palabras, pero creo que me molestó más la facilidad con la que lo expresó. Probablemente porque me sintió relajada y no una madre desesperada. Tengo la certeza de que Iván va a tener su centro adecuado a sus necesidades básicas, que son muchas, pero que son necesidades que le corresponden por derecho.

En Andalucía existen residencias con diferentes nomenclaturas para referirse a las personas usuarias que acogen. Mi hijo necesita un recurso para personas con discapacidad con la añadidura en su etiqueta de Trastornos de Conducta. Y aquí es donde está el problema. Porque con esa tipología hay pocos recursos y las plazas suelen estar ocupadas, al tratarse de una población joven.

Previamente a la llegada de Iván al centro donde está ahora, tuve que escuchar de parte de profesionales de Salud Mental y de Educación que no existía ningún recurso para mi hijo que no fuera una residencia escolar. Eso a él se le quedaba muy corto, solo iba a parchear la situación. Sin embargo, seguí una serie de señales sutiles, me eché el teléfono a la oreja y empecé a llamar hasta dar con su centro actual. Así fue como llegué a conocer la institución donde mi hijo vive desde 2019.

Y, ahora, otra vez sintiendo un miedo visceral por el bienestar de mi hijo. Porque para que él esté bien atendido necesita unos recursos de estructura y de profesionales que no están en mi mano ni en la de su padre. Y no puede estar esperando en casa ni en un centro que no sea adecuado, porque eso lo lleva al hospital. Y no, eso no es una opción. Nuestra labor es movernos y llamar a todas las puertas, y llevar el caso a donde haga falta.

Todavía hay tiempo. Por el momento llevamos una gran ventaja: su padre y yo vamos los dos a una. Hacemos fuerza juntos buscando lo mejor para Iván y para toda su familia, que también quiere verlo más cerca del que es su pueblo. Sería maravilloso, después de seis años, que podamos disfrutar más de su presencia y él de la nuestra. Estando tan lejos no es posible hacer una salida a casa, ya sea para pasar el día o, con un poco de suerte, pasar un fin de semana. Para él se trata de un viaje muy largo y, si no tolera la ruptura de la rutina, nos pilla muy lejos llevarlo de vuelta con rapidez. Las consecuencias de todo esto pueden ser muy graves. Por ello, nunca ha podido venir desde que está viviendo allí. Es inviable.

Iré explicando los avances con este asunto.